EL ASUNTO DEL CAPITAN GIL

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Tuesday, October 20, 2009

Dia del Padre

Hoy no es el día de Julio Oyarce.
Hoy no es el Día del Padre.
Hoy es el Día de los Giles, de los que no saben qué celebran hoy. Es la costumbre de celebrar de Village Father’s Day.
Dos cosas antes de seguir:
1. En cada momento uno es lo que es y hace lo que hace, y no puede ser o hacer algo distinto.
2. Somos o nos hacemos humanos en la comunicación.
Entonces, primero decir que, si queremos ser honestos, hoy no celebramos nada. Hoy es un dia de unión familiar, de reencuentro, de esa alegría pasajera, de ese demostrarnos afecto, tocarnos, pelar los dientes y demostrarnos mutuamente que nos importamos, aunque de vuelta a su cotidiana existencia cada cual continúe preocupado por lo suyo.
Y ya que estamos juntos los Giles, quisiera decir que hablar del Día del Padre puede ser hablar del perdón y la compasión.
Perdonamos a nuestros padres por sus errores de omisión, por su ignorancia. Perdonamos porque nosotros también somos padres ahora y también cometemos los mismos errores. Perdonamos porque no pudieron ellos ser o hacer otra cosa, y porque no pudimos ser o hacer otra cosa tampoco.
Y por otras faltas de nuestros padres, por otros pecados –de esos que llamamos pecados-, no somos quien para perdonar, pero imploramos a Dios, que es Padre de todos, su perdón.
Y entonces, rogando por ese perdón, nos damos cuenta que la oración es lo que nos acerca al perdón. Y así también nos damos cuenta que orando nos comunicamos con Dios y entre nosotros también.
Y así también caemos en la cuenta que iniciamos un proceso lento de perdón, no sólo de nuestros padres sino también de nosotros mismos como padres y como personas.
Oremos por ese perdón y perdonémonos. Perdón por no comunicarnos, por ser tan Giles que no aprendimos algo tan fundamental entre seres humanos. Que mil veces es mejor aprender a comunicar sin temor lo que sentimos que lamentar después haber cometido una falta, un pecado: la agresión, el abuso, la indolencia, la mentira, el silencio cómplice.
Es mejor para un Gil aprender a comunicar y abrirse ante el otro, desnudando humilde y valientemente nuestra pobre humanidad, que vivir después la amargura de la culpa que hace tan difícil la paternidad y el desarrollo como personas. Es mejor abrirse sin miedo que hacer vivir a otro, que espera lo mejor de nosotros, toda una vida de inseguridad, menoscabo y dolor.
Entonces, por compasión, no hagamos de esta corta vida un olvido constante de lo que somos y podemos ser. Por compasión de los demás y de nosotros mismos, evitemos dejar pasar una y otra vez lo que podemos arreglar aquí, en este espacio y tiempo que llamamos vivir, lo que no podremos arreglar en ningún otro lugar.
Vivamos como Giles, pero para ser Buenos Giles. No necesitamos irnos a otras vidas con equipaje de sobra y pagando sobrepeso. Emprendamos ese vuelo ojalá solo con la tarjeta de Crédito Celestial llena en el bolsillo. No seamos tan giles. Oremos …

Monday, May 18, 2009

A punto de … (dedicado a Juan Vera, Diplomado UDP, 2009)


A punto de morir el tiempo ya fijo en su mente, se detuvo en la puerta y miró por última vez, si, repasó, no faltaba nada, bueno, quizás algo, nunca se puede estar cien por ciento seguro, pero ya, me voy y punto, se dijo y entonces agarró el bastón y la mochila y estuvo a punto de besar el crucifijo en el marco de la entrada, que colgaba como amuleto protector de todas sus pertenencias y de su suerte, cuando recordó no haber apagado el calefont, como siempre, siempre lo mismo, estúpido, la rutina, luz-calefont-toalla colgada-regar las plantas, se dijo y salió, con su paso calmo y entusiasta, tranquilo-nervioso, pensaba, a punto de casarse con la angustia de haber dejado algo que después le hiciera falta en su obsesiva lista de elementos para un día inolvidable, y, ya en camino, el sol de esa hermosa mañana invernal por compañía, estuvo a punto de comprar el periódico matutino, pensando en algo que lo distrajera, cuando recordó que no quería estar conectado de ninguna manera con la realidad ese día, solo estar, solo mirar, solo caminar, solo respirar, casi ni siquiera pensar, como a punto de nacer …

Tuesday, November 04, 2008

Prueba de cumbre


Llevo mi MP3, pero la música del viento, del agua y los pájaros me llenan. Sería un pecado taparse los oídos, cerrar así el alma.
Llevo mis lentes UV, pero es preciso quitárselos para que todos los colores me atraviesen.
En mi mochila llevo todo lo necesario. Alimento para el alma, el cuerpo y el espíritu. Un buen libro, agua, curiosidad, confianza, paz, solitud, choripán (si, también, ¡que vulgaridad!).
Salgo tarde de la cama ese viernes, primer día feriado, levantándome lentamente pero manteniendo a raya al maligno que invita a quedarte pegado.
Ya en Maitenes (nuevamente, para variar), comienzo la caminata como a las 11:00 y luego, de una, sin parar hasta la primera meseta. Después, casi inconscientemente, entre sorbos de agua, kilos de transpiración y algunos breves descansos, sigo ascendiendo.
En el camino me encuentro con algunos cazadores y los guío hasta un refugio. Continúo mi marcha hasta decidir que aquel estero será mi primer destino, mi primer día de campamento. Digo, a cada día bástele su afán. Por lo demás, estoy “algo” molido, digo, más que la mierda.
Lo que sigue es pura vulgaridad: un mal intento de sopa-crema, “nutritiva”, cruda, no por problemas del anafe sino por error de comprensión de lectura de la receta (un “desacierto” como diría Goodman, motivado por hambre tal vez). Y luego otro mal intento de tortellini al queso en salsa de tomate, crudos por falta de paciencia, pero igual fueron “abducidos”. Al final, la esperada recompensa: un choripán y una deliciosa taza de té preparada con agua de vertiente, lo máximo. Realmente, ¡esto se llama supervivencia!
En el ínter tanto (montar campamento, descansar los pobres pies en alto y la pobre espalda en bajo, hidratarse, encender fuego, hervir agua, etc.) devoro “Chamán” de Noah Gordon. Y por último dormir, con mi fantástico buzo térmico, como un bebé, literalmente.
Al día siguiente, con “algo” de dolor muscular y mareo (Bueno, ¡son 54 años carajo!), me reanimo con un chi-kung para saludar al sol y, tarde de nuevo, empiezo la segunda parte del trekking, rumbo a la cima. Se ve tan cerca la nieve y pienso que lo lograré.
El zig-zag del camino me acerca y me aleja de la cumbre pero avanzo confiado. Atravieso bosques de olivillos y maitenes, guardianes de un camino que ha sufrido con los inviernos toda clase de transformaciones: derrumbes, cortes, y rasgaduras a lo largo que, como feroces heridas abiertas dejan ver el oscuro terrón bajo su superficie. Durante algunos minutos –Dios Bendito- atravieso una alfombra de Dedales de Oro, haciéndome sentir sobrecogido y humilde ante una recepción tan bella para tan indigno intruso. Durante algún tiempo también sigo las huellas frescas de un puma, lo que me informa quién es realmente el rey y dueño de casa.
Más arriba, a 500 metros de la cumbre, los cóndores, volando plácidamente y muy cerca de mí, alrededor de su morada, me dicen que estoy cerca de mi meta. Calculo el agua que me queda y el tiempo para el tramo final. Decido continuar y evaluar después lo que podría hacer. Ya el cansancio es fuerte tras cuatro horas subiendo. Los descansos son más frecuentes, pero una voz interior (desde los huesos y músculos de 30 y tantos años atrás) me impulsan a continuar. No puedo describir esta sensación claramente; es como si cada tramo ganado fuera una inyección de energía, y en la mente algo así como la necesidad de ver qué hay más allá, luchando contra la negación, el tentador, ese que te dice “¿por qué estás haciendo esto?, ¿qué ganas con seguir?”
No hay muchas cosas vivientes a esta altura ya. Todo es aridez y un calor insoportable; una liebre huyendo a lo lejos, una turca algo alarmada que se devuelve a su pequeño escondite, o un cachudito confiado mirando de reojo desde un arbusto. Muy cerca de la cima se ven muchas cuevas naturales cavadas por la mano de Dios en la roca. No quise explorar ninguna, por el cansancio por supuesto, ¡y por si las moscas también!
Cuando veo los típicos arbustos chaparros y pastos de altura sobre el lomo del cerro, me doy cuenta que he llegado, que el Nido de Cóndores es mío, y me digo que hasta ahí no más llego.
Se que más allá, a una jornada de camino hacia el Norte, está Farellones o La Ermita, en lo alto de Las Condes. Veo las cadenas de cerros aún nevados, y me siento a comer y descansar porque no pienso seguir. Pero media hora después, fuertes vientos y las primeras gotas de agua me indican que debo bajar cuanto antes.
Desde la altura trazo un retorno en línea recta por las suaves praderas de los faldeos (¡se veía fácil desde arriba!) y, a poco comenzar a zigzaguear de nuevo, confirmé lo que siempre he sabido: subir no cuesta nada, bajar es el verdadero calvario.
Entonces así, poco a poco, con intensos dolores en las piernas, abdomen y espalda, cayendo el sol, fui descendiendo hasta el primer descanso: el refugio de los cazadores. Les había ido bien, por lo que se veía, pero estos tipos siempre están dispuestos a quejarse de lo mal que estuvo la jornada. Después de una reconfortante taza de chocolate con leche y tras una media hora de descanso, continúo el descenso a pesar del dolor y el agotamiento. De noche, ya sin fuerzas, camino los últimos kilómetros hasta Maitenes. Me duelen los pies terriblemente, me hormiguean las piernas y tengo dificultad para distinguir los colores a la luz de los faroles. Pero sé que me espera una enorme tina llena de agua caliente, otra taza de leche con chocolate, una rica cama y mucho silencio.Y dormí esa noche, no mucho, pero dormí.

Monday, August 18, 2008

Gracias, una vez más, Maria Eliana

Quiero comenzar este discurso de homenaje, a una etapa y a una mujer, justo al terminar la última clase de “Necesidades Educativas Especiales” con el curso “J”. Y estoy pensando que fue justamente con este curso que di término también a “Lenguaje y Comunicación en NB1-NB2”. Este hito marca el final de una etapa importante de mi vida en la Universidad de Los Lagos. Entonces hay algunas cosas que decir.
Así que partiendo por el principio, es preciso hablar acerca de un grupo de personas que inició todo esto, y hay muchos nombres de buenísimos profesores de la Universidad que mencionar. Fueron buenos compañeros, con los cuales, trabajando en equipo, pudimos levantar programas en diversas asignaturas, con gran libertad de acción, con momentos muy ricos de creación y discusión, y también de muchas alegrías, de pasarlo bien juntos. Recuerdo a Dona, a Juan Manuel, a Marito, a Eugenio, Erwin, Pato, Anita Maria, Dorita, Pamela, Rodrigo, Carlitos, Ricardo, Taty, Marianela, Mariela, nombres para el bronce, personas de las cuales aprendí, personas que me trataron con respeto y aprecio. Y esto es una gran cosa: que lo respeten y lo escuchen a uno.
Si tuviera que mencionar en tres palabras lo que fue esta etapa dedicada a la docencia en la universidad, diría que fue respeto, aprecio y, finalmente, amor, de estudiantes y profesores.
Aprendí que ser “profe” también tiene que ver con amor, por los estudiantes, por la labor. De respeto aprendí también pues a veces fui poco sensible, poco delicado tal vez, al bromear, al decir cosas en forma irónica e hiriente; y los alumnos tuvieron que aguantar muchas veces mis tonterías y hasta mi grosería. Fueron en realidad muy respetuosos y tolerantes conmigo.
Pero también, por mi manera de ser y de relacionarme con otros, me gané su amor y el aprecio de ellos por mi trabajo. Quizás no dejé una gran huella en ellos, pero lo intenté. De todos esos estudiantes puedo decir que dos o tres personas siguieron, un poco, la línea que yo quería instalar. De los demás no tengo noticias.
Fueron estudiantes de todo tipo, un gran ramillete de flores de variados colores. No voy a emplear las palabras “zoológico humano” porque esas me las reservo para otros personajes que he conocido en mi vida, que no son dignos de recordar en estos momentos, ni en ningún otro en realidad.
De modo que ese maravilloso ramillete de flores simboliza lo que fueron mis estudiantes: flores de todo tipo, de las me gustaban y de las que no me gustaban, flores que seducían por su aroma y color, y otras que no seducían. A algunos los recuerdo con mucho cariño y a otros, si los veo, voy a recordar que eran mis alumnos pero no sus nombres.
Y todo esto gracias a una mujer fantástica, Maria Eliana Lagos, a quien quiero mucho. Esta persona me abrió una puerta y me dio una oportunidad para hacer realidad lo que soñaba hacer: un espacio donde trasmitir mis ideas a jóvenes profesores, con la esperanza que pudieran hacer un cambio en sus aulas para entender a tantos niños que a diario enfrentan las dificultades que tienen sus profesores para enseñarles.
Maria Eliana es una de las pocas mujeres que conozco con un gran poder: una tremenda curiosidad, una tremenda creatividad y sencillez para enfrentar las cosas que en apariencia podrían ser gigantescas, pero que a ella se le hacen alcanzables con sólo estirar la mano.
Ella es una de esas personas vitales e inteligentes, curiosas como un niño pequeño descubriendo recién el mundo. Por eso puedo imaginarla muy bien haciendo las cosas que cuenta de su vida: pintando, “maestreando”, cocinando, viajando, discutiendo, creando, criando, resolviendo. Una mujer a la que nada se le hace imposible, salvo tal vez la estupidez, la ineficiencia, la incapacidad de aquellos que no supieron apreciarla adecuadamente.
Conocí a Maria Eliana muy cercanamente trabajando con ella, en el equipo de coordinación, entrenando en el conocimiento de ciertas modalidades de trabajo. Y tuve la oportunidad, un regalo de Dios, de haber viajado con ella a trabajar a Punta Arenas, y verla ahí como docente, en una sala de clases con un grupo de profesores. En esa oportunidad, lo mas rico de todo fue haber salido a pasear por la ciudad y alrededores. La llevé a lugares que sabía le iban a provocar asombro, a todos esos lugares bonitos que tiene Punta Arenas.
Y me acuerdo bien de un episodio en el Mirador del Barrio Yugoslavo. En esa plataforma, tan conocida por la panorámica que ofrece de la ciudad, en un momento de contemplación, disfrutando de la vista, María Eliana me dice “Gracias Cristian, gracias por todo esto”. Fue muy emocionante su gratitud, considerando que ella a mí me dio tanto, mucho más que un paseo: su confianza en mí, la oportunidad de hacer con mi vida algo que quería hacer con tantas ganas.
Y eso, por ahora. Gracias María Eliana.

Thursday, March 20, 2008

Volviendo a los 17


Maitenes, Cajón del Maipo, Febrero entero, a todo sol, a todo descanso, a todo cachete. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba así, todo un verano entero para mí, sin tener que recortar algunos días a mis vacaciones para trabajar extra durante el año.
Estuve con Maiza en la hermosa Planta Hidroeléctrica Los Maitenes. Algunos días con sus hijos y sobrinas, algunos momentos ambos solitos.
Pero también alcanzó el tiempo para mí, solo para mí, ¡qué maravilla! Pude hacer todo lo que se me diera en gana y cuando quisiera, sin sentirme solo como antes. Y entre esas y otras cosas salí de excursión, como cuando tenía aquella edad. Y, ¡qué maravilla otra vez!, volví a sentir los movimientos que mi cuerpo hacía cuando subía cerros en esos años. Fue fantástico saber que la memoria está viva para poner los pies de determinada manera, inclinar el cuerpo, mantener el equilibrio, moverse con lentitud y ritmo constante, o moverse rápidamente ante la pérdida de equilibrio, no se, todas aquellas cosas que sabía hacer y que había aprendido tanto tiempo atrás y practicado por tanto tiempo también.
Me encantó lanzarme por un “acarreo”, con todo el equipo a la espalda, por una ladera empinada, con un palo como bastón de freno, y sin sacarme la xuxa al mismo tiempo; o ganarle al agotamiento con un paso controlado y coordinado con la respiración; o resolver problemas como reparar mi anafe con un pedazo de lata de conserva; o encontrar una fuente de agua potable en una vertiente cordillerana escondida en una sombría y fresca quebrada; o bañarme en pelotas en un estero con la exquisita certeza de no haber siquiera un puma en kilómetros a la redonda; o hacerme un asadito de chorizos parrilleros a la fogata, ensartados en un palo, mientras tomo sol. Saben, toda esta wea me suena a la fantasía del escalador solitario, una película que vi por allá en los 70's. Bueno, descubrí además, ¡qué maravilla de nuevo!, que existen hormigas gigantes que bucean sumergiéndose mientras caminan hacia abajo por las laderas de las rocas de un estero; y también comprobé que todas esas piedras o rocas verdes que me llamaban la atención, pertenecían a todos los cerros de alrededor de Maitenes, probablemente de sulfato de cobre, y me bajó la ambición de llevármelas para la casa pensando en pulirlas y transformarlas en joyas, venderlas y hacerme rico, muy rico, y viajar por el mundo, y …, me volé, me volé realmente con Maitenes. Y lo pasé muy bien, y volví al fin de semana siguiente, y espero seguir volviendo a repetir esas caminatas.

Friday, November 16, 2007

Beso


Puede acaso un beso volar?
Puede un beso
lanzado al viento
a mi amada alcanzar?
Vuelen besos mios vuelen
beban sus ojos su cuello
su boca
embriaguense en su pecho
su cintura su sexo
y vuelvan pronto
trayendome
cada perla de rocío
cada flor de su cuerpo.

Wednesday, October 31, 2007

Para no olvidar


Jueves, vísperas de un maravilloso 18. Maiza me llama (¿cómo?, días antes le había mandado un recado que no le llegó) sorpresivamente justo cuando ya me veía, una vez más, saliendo solo de campamento a cualquier parte, o quedándome en Santiago, a compartir dos o tres invitaciones.
La invito a acampar y ella gustosa acepta de inmediato, aunque nunca había vivido esa experiencia. Nos juntamos al día siguiente en su casa a planificar.
Nos ponemos de acuerdo y el sábado partimos como al mediodía. Unas compras en el super (asadito, ensaladas, vinito). Todo perfecto.
Larga cola en el peaje, largas filas en la carretera; larga, laaarga cola en el tunel (accidente, con su desvío correspondiente). Tranquilamente nos fuimos bordeando la costa frente a Ventana. Relajados, un día de sol precioso, todo perfecto.
En el camino, ni media posibilidad de empanadas y Maiza no paró de embromarme con el tema. Y no paró. Y todavía sigue.
Al caer el día acampamos en Pichidangui. Nos conversamos una “sopita para unos” y salimos a caminar por la playa, oscura como que no había luna. Por poco nos perdemos después de caminar un poco.
En la carpa continuamos la conversa, escuchando música en la “Disco Pichi” y riéndonos con los efectos luminosos que hacíamos con la linterna. No recuerdo a qué hora nos dormimos.
Al día siguiente desayuno largo, largo, hasta el mediodía. Conversando pasó el tiempo volando. Maiza feliz y yo también. Apurando el tranco seguimos camino (¡ni una empanada, por la miercale!) y llegamos a Fray Jorge al atardecer nuevamente, casi al cierre. Nos salió a recibir Zorry, uno de los personajes típicos del lugar. Quedamos babosos tomándole fotos y él, haciéndose el interesante, coqueteaba con la cámara. Acampamos y luego la correspondiente sopita y preparativos para el día siguiente.
Esa noche salimos a un claro a mirar un cielo todo estrellado, sin luna tampoco. Estábamos completamente solos ahí, los demás campistas se habían ido. Una sensación muy especial nos invadía a ambos, pero, aunque no dijimos nada, fue el comienzo de otro viaje que emprenderíamos juntos (¡¡CHA-CHAAAANNN!!).
Esa noche hubo juerga entre los Forestines, y nosotros en la carpa conversamos hasta tarde, con música en la “Disco Parque”. Al día siguiente desayuno largo. Conversamos hasta la hora del almuerzo. Preparamos y comimos el asadito, y luego paseo al circuito del parque. Más fotos para el recuerdo de todo (guanacos, cactos, panorámicas).
El último día, con la promesa de repetir el paseo, volvimos de un tirón a Santiago. Maiza feliz y asombrada, yo también. Resultados:
- Compañía: 100
- Bendiciones: 100
- Empanadas: 0